Y LAS PUERTAS SEGUIRÁN ABRIÉNDOSE

 Los sábados se arranca temprano en la Basílica Sagrado Corazón de Jesús de Barracas. A las ocho de la mañana Las Guías, grupo parroquial, prestan servicio y ayudan a preparar las viandas, el mate cocido y separan las facturas para que alcancen en todos los platos separados. Todos tienen pan, budín y facturas que son donadas por panaderías del barrio. Los platos por ahora descansan en una mesa de la cocina espaciosa y perfectamente organizada donde todo se gesta. Ellos quedan a la espera para ir rotándose por vacíos. Acompañadas por los voluntarios que participan hace años y el Padre Sebastián, que te recibe con un mate, las Guías se retiran a las ocho y media. Los voluntarios, algunos experimentados que están hace ocho años y otros que están hace meses, ultiman detalles, preparan las fichas, la ropa limpia pensada para cada uno por sus talles y recuerdan, entre mate y mate, el recorrido.

Primero desayunan y después se duchan.
Falta poco para que se abran las puertas.
Falta poco para las nueve.
En la puerta ya hay una fila de hombres, mujeres y niños que esperan. Una fila que empieza en el hall de secretaria parroquial y baja por las escaleras frías de mármol blanco que forman parte de un monumento arquitectónico gótico de unos jóvenes 120 años de vida en el barrio. Y ellos saludan al llegar y te ayudan a subir esos escalones que en el imaginario de cualquiera son excluyentes. ‘Hace un tiempo había una rampa, pero se rompió’ se disculpó Rubén cual anfitrión mientras sostenía frente mío la silla de ruedas en la que me manejo y me ayudaba a subir escalón a escalón.
Uno, dos, tres, hasta llegar a seis.
La bendita exclusión arquitectónica pero en la fila estaban ellas, ellos y Rubén, personas que viven en situación de calle. Personas que en la Ciudad de Buenos Aires pueden estar en la puerta de tu casa durmiendo.
Personas que pueden estar en una esquina pidiendo.
Personas que pueden estar vendiendo o consumiendo porque el mismo sistema que los excluyo los lleva al infierno de las drogas.
Personas que tienen nombre y apellido, que tienen una historia detrás.
Personas que no solamente te dan la bienvenida y te ayudan a entrar al lugar que se transforma por cuatro horas su espacio.
Ellos y ellas me dieron la bienvenida a su casa.
Y se hicieron las nueve.
Y abrieron las puertas.

En el año 2015 el Papa Francisco generó un espacio de duchas en la Plaza San Pedro para que aquellas personas en situación de calle pudiesen tener una ducha, un espacio de peluquería, una vianda.
Un sentirse acogidos, recibidos.
La idea surgió de la Limosnería vaticana, grupo encargado de realizar las obras de caridad del Papa, luego de un análisis de cómo las personas en situación de calle vivían cada noche en los alrededores del Vaticano.
Y de pronto se aprobó la realización de tres duchas y una peluquería. Empresas y fieles comunes empezaron a donar comida que sirvieron para la realización de las viandas e incluso, la venta de documentos o souvenirs en la Plaza San Pedro sirven para financiar este proyecto.
Y lo majestuoso que puede ser habitar por un minuto el Vaticano y su plaza, rodeados de esculturas de santos y ángeles que observan, de frescos de más de 500 años. De arte que para algunos es y para otros no, fue de todos.
Y las puertas del Vaticano, en una revolución de lo que siempre debió ser, se abrieron y acogieron a todos sin importar de donde son ni como lleguen.
Y Argentina no se quiso quedar atrás.
En marzo de este año las Duchas del Sagrado cumplieron ocho años de su bendición y ocho que abrieron sus puertas por primera vez siguiendo este gran impulso. El Papa llevó a cabo esto en Roma y el Padre Sebastián García junto a un grupo de voluntarios son las personas que lograron replicarlo en Buenos Aires.

La ayuda vino de la mano de la Asociación Miserando que tiene como misión ‘estar cerca de las personas necesitadas y practicar la solidaridad humana en todas sus formas’ y de las cuales una de sus responsables es la sobrina de Jorge Bergoglio, Virna Bergoglio, se pudo financiar la realización de lo que al principio fueron dos duchas en la Basílica del Sagrado Corazón.
Dos que después se hicieron cuatro.
Cuatro que después se hicieron seis.
Todo gracias al boca en boca de las mismas personas hacían uso de las duchas.
Porque el primer día fueron cinco los que llegaron y después se hicieron diez.
Y después quince, hasta que un día se llegó a más de 50 personas.
Desde que las duchas se inauguraron en el año 2016 nunca descendió el número de gente que concurrió sino que siempre fue en aumento.
Y ese aumento requirió adaptarse, mutar.
Evolucionar.
Lo que al principio nació siendo dos duchas con una mesita y una persona que recibía y anotaba nombres y apellidos, hoy se convirtió en un espacio que cuenta con talleres, médicos, trabajadores sociales, nombres y apellidos que son volcados a fichas para hacerles un seguimiento.
Se evolucionó a una mesa alargada en uno de los largos pasillos que caracterizan a la Basílica para recibirlos, porque toda casa la necesita.

En base a sus necesidades, pedidos y una gran capacidad de escucha se crearon los Talleres del Sagrado, espacios de complemento donde se enseñan oficios que pueden servir como posibles salidas laborales.
Espacios médicos los cuartos sábados del mes con el proyecto ‘Me regalas una hora’ donde médicos prestan su servicio para atender a las personas que se acercan como espacios psicológicos con la ‘Red Puentes’ de vital importancia para el acompañamiento de aquellas personas que se encuentran en situación de consumo.
Las Duchas del Sagrado es un espacio que se retroalimenta.
Chicos y chicas que empezaron a participar por el cariño que despertó en la misma escuela.
Cariño que perduro y se convirtió en presencia todos los sábados en alguno de los grupos parroquiales.
Cariño que llevó a dar un sí absolutamente desinteresado a la hora de escuchar la propuesta.
Cariño que se convirtió en amor porque el amor es esencial, el amor mueve al mundo dicen.
Amor que contagió a otros a participar.
Amor que incluso convirtió a aquellos como Matías que alguna vez fue aquel que durante cuatro años sábado a sábado se ducho, desayuno, fue visto y escuchado.
Matías participó de los talleres.
Matías encontró la razón por la cual luchar contra la droga y logro dejarla.
Matías hace dos meses es voluntario y contribuye, desde su mirada, a seguir construyendo el espacio que lo recibió.
Matías actualmente trabaja como mantenimiento en la Basílica del Sagrado Corazón.
Matías llegó a un espacio que hizo suyo, un espacio que es su lugar.
Amor que también convirtió el voluntariado en vocación como pasó con Rocío.
Rocío esta desde el día cero, hace ocho años atrás desde la mesita y las dos duchas.
Rocío fue testigo y protagonista de la evolución de las Duchas.
Rocío estudio Trabajo Social y propuso crear una cooperativa de acompañantes de personas en situación de calle que actualmente funciona en el Sagrado y gracias a esto, en la semana también se abren las puertas.
“Ahí está la Iglesia, hoy es un estilo de vida” dice Rocío con una sonrisa que es imposible no contestar con otra en la fecha de su cumpleaños, porque sí, los voluntarios eligen pasar su día con los suyos en el espacio al que tanto dan de uno.
Eligen celebrarlo con un gran bizcochuelo compartido con chicos y chicas en situación de calle que también cumplieron años en abril, en un festejo unificado.
Eligen celebrarlo en casa, en familia porque el amor está ahí y dio sus frutos.
Y las puertas seguirán abriéndose.


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